Buenas tardes compañeros confirmantes, Padre Obispo, autoridades eclesiásticas, madrinas, padrinos y todos los presentes. 
Hoy para mi es un orgullo y un honor poder dirigirme a todos ustedes, pero también una gran responsabilidad, pues recae en mi el poder expresar lo que en estos dos años hemos vivido y lo que en este momento estamos sintiendo.
 
El por qué, el cómo, el qué logramos y qué nos espera, ahora son las respuestas que trato de descubrir.
 
La inquietud de hacer confirmación en cada uno nació de una manera distinta. En algunos comenzó como un simple trámite, otros por necesidad del espíritu, algunos por obligación, la mayoría para experimentar cosas nuevas y algunos por una razón inexplicable que los trajo hasta acá. Sin embargo, sea como haya sido el llamado que recibimos, hoy se concretiza e inicia, hoy se manifiesta, y hoy somos testigos y declarantes que no importa tanto el por qué, sino el cómo y el fin.
 
Los dos años de confirmación que hemos vivido no fueron fáciles, tampoco completamente dolorosos ni excluyentes de sacrificios; conocimos risas, lágrimas, abrazos, amigos, compañeros e incluso un nuevo hogar, aprendimos el don de compartir y dejar las rivalidades y diferencias de a un lado, hemos sido demoledores de muros y constructores de puentes, hemos aprendido a escuchar cuando es necesario y a guardar silencio cuando se requiere, a respetarnos y ser compañeros presentes cuando la sombra del dolor y la luz de la alegría visitan nuestra vida. Pero no todos lo lograron, no todos ahora están aquí presentes, pues algunos se quedaron en el camino, comprobándonos que muchos son los llamados, pero pocos los elegidos, sin embargo ésta afirmación no tiene porque ser así, todos pueden ser escogidos, por eso hoy les digo a nombre mío y de mis compañeros; si nosotros, simples jóvenes, hoy estamos llenos de gozo aquí, recibiendo la ratificación del Sacramento del Bautismo, confirmando nuestra fe,
ustedes también pueden estarlo, si abren su corazón a Dios, el nunca los abandonará y nunca se hará el sordo. Y confirmantes: ésta también en nosotros ser luz para quiénes lo necesiten y demostrar que si se puede, que no es una pérdida de tiempo, que no ha sido en vano.
 
Misas, caminatas, encuentros, retiros, paseos, fiestas, obras, vías crucis, misas de navidad, colectas y vigilias no deben quedar atrás, sino que deben ser una base, un cimiento y un principio para comenzar ahora nuestro nuevo camino, un camino que tal vez ya no se nos presente juntos, pero que la gracia de Dios sabrá encaminar y aún en la oscuridad no nos abandonará. Además todas las experiencias y las enseñanzas sé que la memoria las mantendrá como real símbolo de coherencia, esfuerzo y compromiso.
 
Hoy no es un final, hoy es un nuevo comenzar, muchos ya han dado los primeros pasos comprometiéndose a ser ellos mismo el próximo año guías de nuevas generaciones que también llegarán, como lo hicimos nosotros, en busca de la única verdad que es Dios, otros llevando la palabra a lugares olvidados de nuestro país a través de misiones, la mayoría contribuyendo con ayuda social, como es el centro de vacaciones CEVAS y algunos aportando desde sus hogares y grupos de amigos con esos granitos de arena que sumados se convierten en montañas.
 
Para terminar debo manifestar la alegría que hoy nos inunda y agradecer a todos lo que hicieron esto posible; a Dios, sobre toda las cosas, a Jesús, al Espíritu Santo y a la virgen María, a nuestros monitores; por ser nuestros guías y por estar siempre ahí cuando lo necesitamos, convirtiéndose muchas veces en nuestros confidentes, consejeros, y hoy podemos decir con autoridad, nuestros amigos, a los padres de nuestra parroquia por ser un apoyo espiritual, por estar siempre presentes y siempre estar dispuestos a ayudar cuando lo necesitábamos, a nuestra familia y amigos por su apoyo incondicional y a la comunidad en general por la confianza depositada.
 
Por último recordemos lo que San Alberto Hurtado decía:
“Nuestra tremenda responsabilidad: los llamados a reconstruir el mundo somos nosotros. Es una realidad total, los únicos que podemos combatirlo somos nosotros, si vivimos nuestra religión, pues ahora nosotros portamos las armas de Cristo; la luz del sacrificio, la luz de la verdad y el fuego de su amor”